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» Costas y playas

La costa de Los Realejos, alta y acantilada, cuenta en un corto trecho de costa, con cinco playas de arena negra y callaos, que reciben suavemente las olas deslizándose sobre su blando pavimento, acariciando la inclinada superficie que les brinda una muerte apacible, sin el ensordecedor ruido de las que irrumpen furiosas contra las desgastadas rocas o contra el firme acantilado; un acantilado que las rechaza hostilmente haciéndolas saltar deshechas, en blancas nubes de espuma.

Son playas cerradas, abrigadas, recoletas, íntimas, bordeadas por el alto escollo -rudo centinela en guardia permanente- que casi cortado a pico quiere como ponerlas a cubierto de las gentes, como guardándolas solamente para el mar que les dio vida; para el mismo mar que se recrea en ellas; para ese azul del horizonte que se acerca perennemente, sin descanso, noche y día, en invierno y en estío, a rendirle con mimo el tributo de sus finos encajes de espuma; de esa espuma que a poco se desvanece sobre la misma arena con amistoso cosquilleo de burbujas.

Los Roques, La Fajana, Castro, El Socorro y La Grimona, por este orden de oriente a poniente, son como cinco remansos, como cinco pares de brazos abiertos, que dan constante bienvenida al oleaje.

Entre La Fajana y Castro encontramos un conjunto rocoso, el pétreo Camello semihundido sin que jamás haya asomado la fealdad de sus rodilleras, con la cabeza a flor de agua, y con su giba alta, siempre alta, con miedo al agua del mar.

Después el Callabuzo, otro entrante, paradero frecuente de moluscos, coto de caza marina. Más cerca de donde el sol se pone, el embarcadero, hoy sin vida.

Y encontramos luego el abrazo de El Ingenio, por donde el mar penetra encajonado, para romper junto al mismo pasillo del camino. Ahora, El Guindaste, el concurrido lugar de baños, con sus saltaderos, el Tablero, la Cueva, El charco de la Arena, el Charco grande de la Cruz, un conjunto de piscinas naturales, caprichosamente diseñadas por la acción de históricas erupciones.

Hacia el horizonte, la piedra larga y plana de La Laja, escondrijo no de piratas, pero sí de traicioneros erizos que hunden sus negras púas en la carne aterida del bañista que hasta ella llega.

Hasta El Socorro, la larga avenida de callaos, camino fatigoso para quien ha de recorrerlo, buscando la recompensa confortable de la arena. Es en esta playa donde, aprovechando las especiales cualidades que toda la costa de Los Realejos posee para la práctica de deportes y actividades acuáticas, el surf adquiere un especial protagonismo. Este protagonismo se ve potenciado por su ubicación a los pies de un entorno natural de enorme belleza y completamente aislada de los núcleos urbanos. Además cuenta con servicio de bar-restaurante y aparcamientos para más de 200 vehículos.


La playa celebra anualmente varios campeonatos de surf, longboard y buggis. Julio, agosto y septiembre son habitualmente los meses elegidos para estas competiciones y entre ellas sobresalen pruebas de carácter regional y nacional, como el premio O'Neill.

Por último, la pequeña playa de La Grimona, humilde, casi sepultada en invierno, y en verano unida a la larga de El Socorro. Al final, la hendidura imponente del Barranco Ruíz, que se abre al mar. Arriba, a todo lo largo, el verde múltiple de los sembrados.

Para los amantes de la pesca deportiva y del submarinismo, la zona de las piscinas naturales del Guindaste, El Ingenio, y Los Roques son propicias para la práctica de estos deportes, que además cuentan

 
 
 


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