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» Dragos

Cuenta la mitología que Ladón, el dragón milenario muerto por Atlas y que vigilaba el Jardín de las Hespérides, sigue vivo en sus hijos, los árboles llamados dragos. Según la leyenda, la sangre que manaba de las heridas mortales del dragón cayó sobre el Islas Canarias (tierras en las que se ubicaba al Jardín de las Hespérides), y de cada gota creció un drago. Estos árboles, llamados "árbol dragón", tienen un grueso tronco del cual surge de pronto un racimo de ramas retorcidas que parecen las cien cabezas de Ladón.

Los guanches, antiguos aborígenes de Tenerife, adoraban al drago como su espíritu protector, y le atribuían propiedades curativas, sirviéndose de su savia roja para preparar pócimas empleadas en ritos esotéricos. Creían que esta savia provenía de la sangre de los dragones, si bien en realidad, la savia es incolora y sólo al contacto con el aire y la luz adquiere tonos rojizos. El drago era un elemento totémico y a su alrededor se reunía el consejo de ancianos para administrar justicia, en nombre del dios Acorán, conmemorando también el pueblo en torno a él, las festividades religiosas.

El ilustre historiador José de Viera y Clavijo hace referencia en su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias , a que la sangre de drago no sólo era empleada medicinalmente, sino también era muy solicitada para la elaboración de tintes, barnices o como forraje, usos éstos que aún hoy podrían mantener vigencia.

Este peculiar árbol fue trasladado a Europa después de la conquista de las Islas Canarias, siendo su comercialización tan importante que llegó a pagar diezmos. Algunos navegantes catalanes y portugueses solían inscribir sus nombres en los dragos (también lo hacían en los baobabs africanos) como señal de posesión y ocupación de las islas que descubrían.

También fue muy apreciado por los romanos, que pagaban elevados precios por la savia, usada por las damas romanas para hacer cosméticos. Durante la Edad Media se le atribuyó a la "sangre de drago" propiedades para combatir la lepra.

Se han hecho muchas especulaciones acerca de la edad que estos árboles pueden alcanzar. Alexander von Humboldt, uno de los primeros investigadores ilustres de las Islas Canarias, narra que un ejemplar tinerfeño de drago que se encontraba en el Valle de la Orotava (destruido por un huracán en 1.867) tenía 15 metros de circunferencia y más de 6.000 años de existencia, lo cual lo ubicaría como un verdadero fósil viviente.

Se trate de leyendas, mitos o realidad lo que envuelve y rodea a los dragos, lo cierto es que Los Realejos ha sido premiado una vez más por la naturaleza, por la gran variedad y cantidad que de estos árboles ha ubicado en su entorno. Podemos destacar por su longevidad y bell

 
 
 


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